miércoles, 4 de marzo de 2009

Papá y la noticia

Cuando el sonido del coche patrulla de Charlie anunció su regreso, el anillo empezó a pesar de repente unos cincuenta kilos en mi dedo. Habría deseado ocultar la mano izquierda en un bolsillo, o quizá sentarme encima de ella, pero la mano fría de Edward mantenía firmemente cogida la mía justo por delante de los dos.
—Deja ya de retorcer los dedos, Bella. Por favor, intenta recordar que no vas a confesar un asesinato.
—Qué fácil es decirlo para ti.
Atendí a los sonidos ominosos de las botas de mi padre pisando con fuerza en la entrada de la casa. La llave repiqueteó en la puerta que ya estaba abierta. El sonido me recordó aquella
parte de las películas de miedo en la que la víctima se acuerda de pronto de que ha olvidado echar el cerrojo.
—Tranquilízate, Bella —susurró Edward, escuchando cómo se me aceleraba el corazón.
La puerta golpeó contra el batiente, y me encogí como si me hubieran dado una descarga eléctrica.
—Hola, Charlie —saludó Edward, completamente relajado.
—¡No! —protesté en voz baja.
—¿Qué? —replicó Edward con un hilo de voz.
—¡Espera hasta que cuelgue la pistola!
Edward se echó a reír y se pasó la mano libre entre los alborotados cabellos del color del bronce.
Mi padre dio la vuelta a la esquina, todavía con el uniforme puesto, aún armado, e intentó no poner mala cara cuando nos vio sentados juntos en el sofá. Últimamente estaba haciendo
grandes esfuerzos para que Edward le gustara más. Claro, la revelación que estábamos a punto de hacerle seguro que iba a acabar con esos esfuerzos de forma inmediata.
—Hola, chicos. ¿Qué hay?
—Queríamos hablar contigo —comenzó Edward, muy sereno—. Tenemos buenas noticias.
La expresión de Charlie cambió en un segundo desde la amabilidad forzada a la negra sospecha.
—¿Buenas noticias? —gruñó Charlie, mirándome a mí directamente.
—Más vale que te sientes, papá.
Él alzó una ceja y me observó con fijeza durante cinco segundos. Después se sentó haciendo ruido justo al borde del asiento abatible, con la espalda tiesa como una escoba.
—No te agobies, papá —le dije después de un momento de tenso silencio—. Todo va bien.
Edward hizo una mueca, y supe que tenía algunas objeciones a la palabra «bien». Él probablemente habría usado algo más parecido a «maravilloso», «perfecto» o «glorioso».
—Seguro que sí, Bella, seguro que sí. Pero si todo es tan estupendo, entonces, ¿por qué estás sudando la gota gorda?
—No estoy sudando —le mentí.
Me eché hacia atrás ante aquel fiero ceño fruncido, pegándome a Edward, y de forma instintiva me pasé el dorso de la mano derecha por la frente para eliminar la evidencia.
—¡Estás embarazada! —explotó Charlie—. Estás embarazada, ¿a que sí?
Aunque la afirmación iba claramente dirigida a mí, ahora miraba con verdadera hostilidad a Edward, y habría jurado que vi su mano deslizarse hacia la pistola.
—¡No! ¡Claro que no!
Me entraron ganas de darle un codazo a Edward en las costillas, pero sabía que eso tan sólo me serviría para hacerme un cardenal. ¡Ya le había dicho que la gente llegaría de manera inmediata
a esa conclusión! ¿Qué otra razón podría tener una persona cuerda para casarse a los dieciocho? Su respuesta de entonces me había hecho poner los ojos en blanco. «Amor». Qué bien.
La cara de pocos amigos de Charlie se relajó un poco. Siempre había quedado bien claro en mi cara cuándo decía la verdad y cuándo no, por lo que en ese momento me creyó.
—Ah, vale.
—Acepto tus disculpas.
Se hizo una pausa larga. Después de un momento, me di cuenta de que todos esperaban que yo dijera algo. Alcé la mirada hacia Edward, paralizada por el pánico, pues no había forma de que me salieran las palabras.
Él me sonrió, después cuadró los hombros y se volvió hacia mi padre.
—Charlie, me doy cuenta de que no he hecho esto de la manera apropiada. Según la tradición, tendría que haber hablado antes contigo. No deseo que esto sea una falta de respeto, pero
cuando Bella me dijo que sí, no quise disminuir el valor de su elección; así que en vez de pedirte su mano, te solicito tu bendición. Nos vamos a casar, Charlie. La amo más que a nada en el mundo, más que a mi propia vida, y, por algún extraño milagro, ella también me ama a mí del mismo modo. ¿Nos darás tu bendición?
Sonaba tan seguro, tan tranquilo. Durante sólo un instante, al escuchar la absoluta confianza que destilaba su voz, experimenté una extraña intuición. Pude ver, aunque fuera de forma
muy fugaz, el modo en que él comprendía el mundo. Durante el tiempo que dura un latido, todo encajó y adquirió sentido por completo.
Y entonces capté la expresión en el rostro de Charlie, cuyos ojos estaban ahora clavados en el anillo.
Aguanté el aliento mientras su piel cambiaba de color, de su tono pálido natural al rojo, del rojo al púrpura, y del púrpura al azul. Comencé a levantarme, aunque no estaba segura de lo que planeaba hacer, quizá hacer uso de la maniobra de Heimlich para asegurarme de que no se ahogara, pero Edward me apretó la mano y murmuró «dale un minuto», en voz tan baja que sólo yo pude oírle.
El silencio se hizo mucho más largo esta vez. Entonces, de forma gradual, poco a poco, el color del rostro de Charlie volvió a la normalidad. Frunció los labios, y el ceño y reconocí esa expresión que ponía cuando se «hundía en sus pensamientos».
Nos estudió a los dos durante un buen rato, y sentí que Edward se relajaba a mi lado.
—Diría que no me he sorprendido en absoluto —gruñó Charlie—. Sabía que me las tendría que ver con algo como esto antes de lo que pensaba.
Exhalé el aire que había contenido.
—¿Y tú estás segura? —me preguntó de forma exigente, mirándome con cara de pocos amigos.
—Estoy segura de Edward al cien por cien —le contesté sin dejar pasar ni un segundo.
—Entonces, ¿queréis casaros? ¿Por qué tanta prisa? —me miró, nuevamente con ojos suspicaces.
La prisa se debía al hecho de que yo me acercaba más a los diecinueve cada asqueroso día que pasaba, mientras que Edward se había quedado congelado en toda la perfección de sus diecisiete primaveras, y había permanecido así durante unos noventa años. Aunque éste no era el motivo por el que yo necesitaba anotar la palabra «matrimonio» en mi diario, porque la boda se debía al delicado y enrevesado compromiso al que Edward y yo habíamos llegado para poder alcanzar el siguiente punto, el salto de mi transformación de mortal a inmortal.
Pero había cosas que no le podía explicar a Charlie.
—Nos vamos a ir juntos a Dartmouth en otoño, Charlie —le recordó Edward—. Me gustaría hacer bien las cosas, bueno, hacerlas como es debido. Así es como me educaron —Edward se encogió de hombros.
No estaba exagerando, ya que había crecido con esa moral, ya pasada de moda, durante la Primera Guerra Mundial.
Charlie torció la boca hacia un lado, buscando un modo de abordar la discusión. Pero ¿qué era lo que podía decir? ¿«Prefiero que vivas en pecado primero»? Era un padre y en ese punto estaba atado de pies y manos.
—Sabía que esto iba a pasar —masculló para sus adentros, frunciendo el ceño. Entonces, de repente, su rostro se transformó en una expresión perfectamente inexpresiva e indiferente.
—¿Papá? —pregunté con ansiedad. Le eché una ojeada a Edward, pero no le pude leer el rostro mientras él miraba a mi progenitor.
—¡Ja! —explotó Charlie y yo pegué un salto en mi asiento—, ¡ja, ja, ja!
Observé con incredulidad cómo mi padre se doblaba de risa, con el cuerpo sacudido por las carcajadas.
Miré a Edward para que me tradujera lo que pasaba, pero él tenía los labios apretados con firmeza, como si también estuviera conteniendo la risa.
—Vale, estupendo —replicó Charlie casi ahogado—, casaos —le dio otro ataque de carcajadas—. Sí, sí, pero…
—Pero ¿qué?
—Pues que se lo tendrás que contar tú a tu madre, y yo ¡no le pienso decir ni una palabra a Renée! ¡Es toda tuya!
Y volvió a estallar en estruendosas risotadas.

Stephanie Meyer, Amanecer, capítulo 1: El compromiso

1 comentario:

Sergio dijo...

Que aburrimiento :D