viernes, 11 de noviembre de 2016

Chaos' end (?)

¿Para qué?
Seguir los pasos de otros, pisar la arena ya marcada por las huellas, unas huellas que, cuando miras atrás, las ves desgastadas, atrapando entre sus grietas el polvo del tiempo.
En esas huellas se ve todo el pasado. Ves unos pies pequeños, al inicio del camino, cómo van creciendo paso a paso. La primera colilla. Un boli que otro, desgastado, acompañado de otra colilla, o dos. Cuatro huellas a la par. De pronto, vuelven a ser dos, con marcas de arrastre, como una vía de tren. Otra vez dos huellas, firmes, danzarinas, definidas. Y vuelven a correr cuatro. Y un camino de vías y huellas intermitentes, difusas, nunca marcadas. Miles de colillas. Las huellas giran, ha habodo un baile, sólo se marcan las puntas de los pies. Ahora, firmes de nuevo. Y llegas al punto del hoy.
Decisiones, el lamento universal.
Recojo mis cosas, despacio, con lágrimas entremezcladas con halos de dolor y humo. Dejo, delicadamente, un alma en forma de corona en la almohada. Lo más doloroso.
Dios ha muerto. El anhelo del caos es fuerte, pero toca buscar a más dioses.
Amo la libertad del Caos, pero daña.
Adiós, Caos.

martes, 1 de noviembre de 2016

Sueño mortuorio

Rastros de sucio camino
bordean el alma del injusto.
Hierro en las venas,
Sangre armada en la batalla
quema, desgarra y araña.
Matando en soledad
la Muerte arraigada
brota del hielo y fuego
una llama, en el suelo
carbón, ácido y sal.
Repugna al oído del sordo
azul de cielo y mar,
juega con la baraja de sentidos
la danza de un irlandés,
metido en barril podrido
y llorando; al lado, un ciprés
que emana áurea salvia,
atrapa entre sus férreas ramas
el mundo del saber.
Con infame escarnio
una vieja que llora y grita
arranca la piel en tira
de un hombre que suplica
“¡No demencia, si no vida!”,
se sonríe ante sí
valiéndose ya en mundo
de jocosa compañía.
Y en este encuadre en lienzo
retratado en vano seso
yo resido, habito (y fenezco)

cada nuevo atardecer.

domingo, 19 de junio de 2016

Bring me to life (lo que me has enseñado)

A ser condescendiente.
A tener paciencia.
A valorarme como soy.
A controlar mi genio.
A odiarte.
A amarte.
A volverte a odiar, y de paso, también al mundo.
A ser insensible.
A creer en las armaduras y máscaras.
A ver el mundo como un escenario real.
A ser agresiva.
A ser impulsiva.
A calcular.
A ser impasible.
A crecer.
A desconfiar.
A no creer en la palabra "imposible".
A ser libre.
A actuar.
A no cohartarme más de lo necesario.
A vivir sin vida.
A morir sin dejar de latir.
A sufrir.

Lo que nunca me enseñaste es a sentir amor.
Eso sobrepasaba los límites del horizonte.
No soy más que el producto de una multiplicación por uno, vagabunda que entierra su melancolía bajo un lirio en el jardín, la Prometeo de este Doctor Frankenstein.

De mi a ti.

miércoles, 23 de marzo de 2016

"Donde el alma de la gente no se apague con el tiempo,
y no exista moraleja al final de cada cuento.
Porque hay cosas importantes por encima del dinero,
donde yo no sea raro solo por que soy distinto a ti."

Amaral- Noche de cuchillos.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Fin del segundo acto (Nevermore)

Toda la razón.
Hay veces que el alma guarda odio. Hay veces que, en la faz de la tierra, tienes a tu enemigo dentro de tu cabeza, de tu corazón. Hay veces que tu voz te pide a gritos salir, y rogar a los dioses su perdón.
Perdón por abandonarte. Perdón por dejarte de lado. Por no conservar tu fuerza, tu dignidad, tu orgullo y tu sitio. Es a los únicos que has de rogar.
En ese momento, tu piel cambia de color, transmuta. Se vuelve oscura, gris, como la ceniza de un cigarro consumido. Tus sentidos se embotan, un oscuro halo asoma en tu aura. Tus ojos se llenan de rabia consumida por dolor, y, sin querer, ese enemigo sale de ti expulsado hacia fuera, calcinado, derretido. Una parte de él permanece, recogida en un rincón, un resquicio de lo que fue. Respeto hacia tus recuerdos, olvidando su importancia y magnificando su insignificancia. Todo gracias a los dioses.
A los dioses del Caos, a la Reina Muerte, a la Sombra Oscura. Porque es ella quien te mantiene en filas, sin debilidad, sin sentir, sin corazón. Porque darías tu vida por ella, tan solo por el simple hecho de que nunca podrás evitarla.
Algo ha cambiado, soplan vientos del norte.
Me llaman a sus filas.
La Reina reclama mi ánima. Y presta voy en su aclamo.

"... y la bruja vio en los ojos del príncipe la sombra del odio. Nunca lo pudo entender. Y presa del dolor y de la rabia, se giró y, con unas tijeras, cortó los hilos que le ataban a la barca del príncipe; se giró, sin querer ver la tormenta tras ella.
Y se heló su corazón.
Y se convirtió en la sierva del Mal que siempre supo que debía ser."


sábado, 17 de octubre de 2015

Nostalgia romántica (I): kamikacismo errático

No hay mejor que este impuro momento para dedicar unas palabras a mi amadísima hoja en blanco.
Ella siempre fue dispuesta, fiel y nunca me hacía sentirme mal conmigo misma. Nunca reprochó, hasta en los peores momento, de todas aquellas cosas que llegué a volcar en ella. Siempre estuvo tras mis pasos, desde tierna edad.
Ahora, le dedico toda mi devoción.
El arte de la escritura ha sido, como bien todo buen lector sabe, el arte de unos pocos de plasmar su, llamémoslo, realidad, ya sea en un mundo imaginario o en el real. Qué sería de nosotros, las almas perdidas, si el dulce rasgar del papel en contacto con el bolígrafo no existiera.
Tanto daño han hecho las nuevas tecnologías... estamos perdiendo el romanticismo.
Bueno, la sociedad en general está perdiendo el romanticismo.
Los valores son tan simples... pero las almas perdidas tratan de ahogarlos en el más profundo de los recovecos de su efímero cuerpo para no denotar tono de burla o sarcasmo entre los alienados.
Qué pena, pobre romanticismo.
Sin embargo e hipócritamente, hasta una servidora ha hecho lo que critica. Esconder el romanticismo en burda objetividad. Como siempre, la objetividad y el raciocinio están sobrevalorados. ¿Qué hay de aquellas personas que creen, indiferentemente a lo que el mundo las diga, que una simple flor es la representación de lo más puro e inocente que podamos ver? Ah, los románticos, qué seres.
Servidora es una romántica. Esos momentos de reflexión individualista, faltos de egoísmo (tan característico en los tiempos que corren), ese anhelo y melancolía por el feliz pasado, ese sentimiento de dichosa felicidad que embriaga tu presente, y esa eterna oscuridad que el futuro alberga; eso es romanticismo.
Pero bien está decir que las almas perdidas, aunque probablemente saciadas de versos y hermosas palabras dignas de ser soltadas a la luz de la luna, también se alienan. La experiencia, esa gran y dolorosa dañina que corrompe la inocencia de las almas perdidas.
No podemos perderla el respeto, a la experiencia. Pero finalmente es el eterno mal que hace que la alienación sea posible. Basamos nuestros actos futuros en ello, en que, por ejemplo, una vez nos dañaron, no volver a caer en la misma piedra; no somos conscientes de que los errores nunca se repiten, siempre te traen algo nuevo y, con ello, una nueva aventura.
Aventura, ah, otro gran vocablo romanticista. Siempre con el sentido de la impulsividad a flor de piel, ese arranque, estallido que sale directamente de lo más profundo de tu ser para, por fin, hacer algo que, como bien despreciaría, la objetividad y el raciocinio, en otro momento, te frenaría a realizar.
¿Por qué no dejarnos llevar por la impulsividad? Unos lo hacen y les va bien; otros, los objetivos (inclúyanme en este grupo), no. Luego llega el arrepentimiento, la amargura y la... nostalgia. Cuán bella es la nostalgia.
Sin duda, somos seres alienados. Pero nunca es tarde para, como se diría de forma tan común, "dejarnos llevar por nuestro corazón".

lunes, 12 de octubre de 2015

Confesiones de un alma errante (wide awake).

Lo primero que piensas es que es imposible. Lo segundo... es que lo sabías, en lo más profundo de tu corazón, lo sabías. Aunque te duela. ¿Qué te esperabas? De esta situación es increíble la de hostias (con perdón por la expresión) que te has llevado.
Y no aprendes, no.
Es innombrable. Increíble. Sí, es verdad. Todo cierto.
Y la verdad, es que duele. Como mil cuchillos clavándose en lo más profundo de tu corazón.
Mentiras. Mentiras y más mentiras. Miles de palabras se cruzan entremezcladas en mi mente: risas, besos, dolor, felicidad, paseos, locuras, estupideces, piques. Dolor, dolor, dolor.
Despertar.
Es el último golpe. Y esta vez es una promesa. No hacia mí misma, si no hacia el mundo. Una promesa que me obligo a cumplir, cueste lo que cueste.
No es cuestión de cambiar de actitud repentinamente, no; es cuestión simplemente, de... ¿no dejar que te afecte? No, amigos, no. Es cuestión de endereza, es cuestión de "hacer un muerto y enterrado".
Pero uno real. Muy real.
Tal vez esta sea la entrada más sincera que he escrito nunca. No sé realmente ni por qué la escribo. Tal vez porque, ahora mismo, no sé cómo de otra forma puedo expresar lo que siento, lo que pienso.
Miles de tacos se pasan por mi cabeza, ninguno agradable. ¿Merece la pena plasmar eso? No, no lo merece. Suelo tender a la burdeza como recurso fácil. No quiero más lo fácil.
Mi principal problema, en esta vida y entre tantos, es que no he sabido nunca enfrentarme a mis miedos. ¿Por qué? A saber, tal vez he estado muy sobreprotegida en mi infancia. no sé exactamente el motivo, tampoco me importa. Pero tenía que estallar por algún lado, en algún momento, tendría que empezar a enfrentarme con mis miedos.
Este problema es el nudo de todos los demás: falta de constancia, indecisión, irresponsabilidad; como alguien dijo una vez, inestabilidad. La inestabilidad ha nacido a mi escaso valor. A mi constante inseguridad. Al mucha palabrería y poco acto.
Llega un momento que cansa. Estoy saciada de callar.
Estoy hastiada de sufrir.
Estoy harta de tener miedo.
Por ello, no queda otra que coger la espada, y pegar una estocada. O luchas, o mueres. Es un nuevo precepto. Y no puedes dejarte morir. No es una opción, es una realidad. Cueste lo que cueste.
No es cuestión de objetivos: el objetivo es vivir. El objetivo es la felicidad.
Para ello, debes ser tú. Debes tener el valor de colgar tu máscara en la pared. O quemarla, da lo mismo. Ser impulsivo a la par de racional, no dejarte llevar (con determinadas excepciones).
Es muy sencillo, pero siempre he dicho que me gustaba lo complicado.
Por ello, ahora mi corazón ha acabado de morir. Resucitará, no lo dudo. Renovado, de sus cenizas, como ave fénix. Pero no será el mismo. Nunca lo volverá a ser. Si la niña de hace años murió, ahora ha muerto la adolescente que debía ser.
Toca ser adulto, con todas sus consecuencias.
Aceptar, y luchar. Por uno mismo. No por orgullo, si no por dignidad.
No dejar que te rompan, no otra vez. Nunca más. 
No volver a caer. Nunca más.
No dejarte engañar, ni dejar que crean lo que no es. Nunca más.
Vivir o morir. Ese es mi trato, mi radical trato.
Enfrentarme a mis miedos o dejar que me abduzcan. Esa es mi promesa.
Enfrentarme a ti o caer. Ese es mi juramento.
Y aquí termina este cúmulo de pensamientos, no porque no tenga más, si no porque es mejor dejarlo así. Todo pasa por algún motivo, o eso dicen. Yo creo que así es. Algo bueno acabará pasando, eso está claro. Increíble, pero cierto.
Y esta vez, no me atrapará en mi ingenuidad.

martes, 6 de octubre de 2015

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"Y vivo sin vivir en mí, 
y muero cada hora que se escapa sin saber de ti.
Lo siento tanto, tanto amor,
me duele el corazón.
A día cero se acabó,
y yo sigo sin tu absolución.
Esta madrugada llueve en la ventana de mi habitación;
esta madrugada, llueve en la ventana de mi corazón."

domingo, 4 de octubre de 2015

Set fire to the rain

Huracanes de viento y fuego arrullan mi sueño nocturno, virando todo lo establecido, poniendo aquella habitación llamada mente patas arriba. Vendavales de indecisión abruman mi pensamiento, alteran el corazón en sus más invisibles recovecos. Oleadas de confusión ahogan aquello que se suele llamar sentimiento.

"Yo no siento". O eso es lo que me repito todas las mañanas cuando, nada más levantarme, miro hacia el reflejo del frío espejo. "Yo no siento", me repito. Lo memorizo, me lo grabo en el alma, lo tatúo en mi sangre, hasta que cada célula de mi cuerpo consigue hacerse a la idea de ello.
"Yo no siento". Es lo mejor que puedes llegar a hacer para enfrentarte fría y objetivamente a las situaciones cotidianas. Un problema en el trabajo, un imprevisto que obliga a redoblar tus esfuerzos, situaciones puntuales que te llevan al límite de tu carácter. "Yo no siento", me repito. Y por el momento, en lo cotidiano, me va bien.

Yo no siento, pero siento. Siento cuando afloran las palabras por la punta de mis dedos al rozar el teclado de mi ordenador. Siento cuando huelo el perfume de la lluvia al caer en el abrasado asfalto.
Siento cuando abro un libro y aspiro el alma del autor. Siento cuando veo a un niño acercarse y darte una inocente y brillante sonrisa, capaz de mover diez mundos con su fuerza.
Siento cuando me traicionan. Siento cuando oigo insidiosas palabras contra algo que me importa. Siento cuando me dejan de lado. Siento cuando me hacen daño. Siento cuando, con la ayuda de una punta y un martillo, aprovechan las grietas ya existentes de mi corazón para robarme un trozo del mismo. Siento cuando el frío de la humanidad me hiela el corazón. Siento cuando, de repente, un angustiante vacío en mi pecho me recuerda que mi alma ha desaparecido.

Siento cuando me autoengaño, diciendo que no siento.

La vida, a pesar de todo, continúa. Continúa sin ser exactamente igual que el día de ayer. Y todos sentimos, aunque finjamos no hacerlo. Y todos sufrimos, aunque nos riamos frente a la mención de la palabra. Y todos amamos, aunque tengamos el corazón deshabilitado.

Aún así, queda un aliento de vida. Un respiro despreocupado que te da fuerzas para otro día más. Otro día que te dices que no sientes, aunque por las noches seas un mar de sentimientos que no paren de fluir. Aunque un día a la semana ahogues tus sentimientos en alcohol. Aunque, por unos instantes, mueras, para volver a renacer con más experiencia, más peso, que se empieza a reflejar en los ojos y en los silencios.

El vendaval empieza a amainar, el oleaje remite. Otro día, otro momento.
"Yo no siento", me repito.