Tendía a la exageración. Nunca jamás podía decir nada sin exagerarlo un mínimo, un raquítico y minúsculo detalle que aumentaba como quien hincha un globo de helio. ¿Para qué se explican las cosas, si no se exageran?, pensaba ella. La exageración era parte de ella, de su carácter.
El teatro también lo era. El arte de la exageración le provenía de dicha pasión. Los telones de terciopelo rojo, los focos, el escenario. Todo aquello provocaba que los escalofríos recorrieran su espalda como pececillos luchando por subir una cascada.
Pero lo mejor no era aquello... aunque adorara todos los elementos de su lugar preferido en el mundo, las sensaciones de una actuación eran algo indescriptible. Sentir el hormigueo al bajar del coche antes de entrar, siempre por la puerta de atrás, al adorado recinto. El bloqueo en la garganta de los nervios al entrar a toda prisa en el camerino. El sudor frío que llena la frente al vestirte con el traje de turno a toda prisa. El vacío en el estómago al pensar que se ha olvidado todo el diálogo durante la sesión de maquillaje. La nada previa a la subida del telón. El todo presente mientras brillas. La emoción embriagadora de los aplausos del público. Las lágrimas alegres de la parte de atrás, lágrimas contenidas de un antes de nervios, miedo, desesperación, y un luego de alegría, emoción, fe.
"Niña, termina de colocar esos tablones, que la señora llegará en nada."
Despierta de sus ensoñaciones. Y ella, con un aspaviento dramático digno de la más célebre estrella del teatro, coloca el último tablón, se inclina hacia delante, agradeciendo a su público imaginario, y, ante una inquisidora y reprochante mirada del ama de llaves, da una vuelta sobre sí misma y, con el mentón levantado, marcha a paso rápido. No vaya a ser que la señora vea las camas deshechas.
1 comentario:
A mi me gusta exagerar las cosas para que parezcan más maravillosa.
Seguro que la niña acaba cumpliendo su sueño. :)
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