jueves, 10 de enero de 2013

Álvaro

El sol daba de lleno en la gran urbe barcelonina. Desprendía reflejos anaranjados de su pelo dorado, mientras caminaba perdidamente en dirección a no sabía dónde. Decidió sentarse en un banco del mismo Passeig de Gràcia, y abrió su bolso, de donde sacó meticulosamente sus Ray Ban, su ejemplar ecuadernado de To the Lighthouse, y un cigarro de su cajetilla de Lucky. Decidió, antes de ponerse a leer y disfrutar de la maravillosa temperatura, observar con la mirada perdida a los miles de personajes que se pasaban por allí, mientras cavilaba.
Le encantaba aquel barrio. Uno de los más pintorescos de la ciudad de Barcelona, donde la música y la cultura, el cine y los libros, tenían la perfecta unión de la bohemia francesa con los medios barrios londinenses. Solía tomar, cada vez que su apretada agenda le permitía escaparse en un metro en dirección a la ciudad, un café en una cafetería donde la improvisación al piano era exquisitamente perfecta.
Se encendió el cigarrillo. Uno de los grandes momentos del día era cuando entraba en fase nostálgica. Cómo y cuánto añoraba su tierra. A pesar de sus grandes ensoñaciones, tenía claro dónde iba a regresar, a las tierras del norte donde el frío se transformaba en niebla y viento que removía su flequillo. Suspiró. Echaba de menos a su gente, a su familia (aunque nunca lo reconociese en público), a sus amigas, ahora mismo dispersas por medio mundo, incluso las grandes heladas que desolaban los campos leoneses. Ah, en el fondo, adoraba su hogar.
Pero siempre y por encima de todo quería volar. Esas ansias de desplegar las alas y alzar el vuelo eran superiores a cualquier otro sentimiento. Esos sueños que, aunque lejanos, veía realizables, donde el viaje y la aventura entraban como extra, llenaba su alma de un aliento veraniego que calmaba su impaciencia.
Aunque a veces la nostalgia llegaba a su corazón. Se posaba cual niebla susurrante, quien espiraba palabras en su mente que le hacían dudar de su propia existencia, su vida, sus sentimientos, hasta anular todo lo que él era. Pero siempre conseguía salir adelante, siempre se ponía de pie y seguía caminando, cual príncipe cortando con su espada un muro de espinos para llegar al castillo de la princesa.
Su cigarro se había consumido en cavilaciones. De pronto, su móvil vibró. Al mirarlo, una sonrisa esbozó su cara, una sonrisa tierna. Con aires modernos, deslizó las gafas hasta la punta de su nariz, y sus ojos azules recorrieron el poco gentío que pasaba por allí. Suspiró. Se levantó de un salto y, con paso lento y algo rebelde, dio la vuelta, volviendo por el mismo sitio que había llegado.
Su paseo había terminado. Había contemplado cuanto deseaba. Y la ciudad le había contemplado cuanto había gustado.

1 comentario:

Álvaro dijo...

Ay. En verdad es tan bonito... :)
Gracias.