martes, 17 de febrero de 2009

Frustración

Desde el momento en que salí de clase, mi mandíbula se apretó en una mueca tensa que reflejaba mi estado en la cara. Al llegar al colegio de mi hermana, entré en el dichoso baño, algo sucio, y con una sustancia desconocida en el suelo, pringándo el baño entero de vete a saber qué. Entré en uno de los cubículos del baño, el cual, en comparación a la parte exterior, estaba reluciente, y, cerrándo la puerta con una fuerza que ni yo misma era conocedora, tiré la mochila al suelo.
Ahí fue cuando me derrumbé. Había aguantado prácticamente el día entero, con preocupaciones, pero el desencadenante de todo fue la pequeña bomba que no pude parar lo suficientemente pronto como para que no estallara.
Lloraba de rabia, por el hecho de sentirse manipulada, por hacer algo que, aunque esté contra tu voluntad, lo hagas. Rabia por sentirme furiosa al darme cuenta de que no había podido conseguir lo exigido. Se puede decir que odio perder...
Lloraba de frustración, por el hecho de lidiar con dos imbéciles que no sabían nada, por lidiar con dos cabezones sin sentido, haciendo de paloma mensajera, de un lado al otro, diciendo (o más bien, transmitiendo) las cosas que no se atreven a decir, con unas tremendas ganas guardadas de gritarles la puta realidad...
Pero sobretodo, lloraba de pena. No me gusta sentir lástima, pero la pena me superaba. Pena porque ninguno de los dos cabezotas se da cuenta de lo que tiene delante, pena por ver cómo dejan escapar algo tan valioso por el estúpido orgullo, pena... por no darse cuenta de que tienen algo que yo carezco, y que, aunque tal vez no debiera estar en esto, no saben lo imbéciles que llegan a ser. Porque... incluso la mensajera lo sufre, tal vez incluso lo envidia, porque la mensajera pretende que los cabezotas se miren de una vez por todas a la cara, y que lo digan todo... porque la mensajera pretende que ellos tengan lo que ella no tiene.
Lloré durante un rato, sin poder contener ese río de agua salada, hasta que mis ojos se cansaron, las lágrimas se secaron... y mi corazón se vaciara.
Y, como siempre, me sequé los ojos, volví a enterrar todos mis sentimientos en el fondo de mi ser, y volví a esbozar esa estúpida sonrisa que, de puro ensayo, queda natural... esa estúpida sonrisa que muchas veces quisiera arrancarme de la cara... pero es esencial...
...esencial para volver la cara al público, enderezar tus muros frente tu entierro particular, y poder decir esa frase que tanto conforma al mundo: "Estoy bien..."

1 comentario:

Ruth. dijo...

:'(
dios mio, sin palabras!
estoy llorando te lo juro :(

tequiero!