miércoles, 16 de febrero de 2011

West.

Una nube de polvo se alza bajo mi pie al dar un paso. Así uno, dos, tres pasos. El sudor recorre mi frente, y mi respiración se acelera. Cuatro, cinco, seis. Las manos, agarrotadas por los nervios, sufren pequeñas convulsiones provocadas por el calor y la hinchazón de los dedos. Siete, ocho. Mi vida pasa como uno de esos films de los hermanos Lumiére, tan modernos y pasmosos. Mi niñez, mi adolescencia, hasta ahora.
Nueve. Esta sensación es agobiante. En nada, te tendré enfrente, no como alguien especial, si no como mi contrincante. Eso es aterrador, francamente. Dudo si podré aguantar tu mirada de hielo, o si en el fondo sigo esperando a que te eches atrás. Sabes que yo no lo haré, mi orgullo me lo impide, pero el miedo me supera.
Diez. De espaldas me quedo. No quiero girarme. Mi sangre late dolorosamente, puedo oír a mi corazón galopar cuan caballo desbocado.
Veo el giro en cámara lenta, y pienso en todo aquello que puedo perder, que he perdido, incluido tú. La vuelta se hace cada vez más lenta, mi mente va a un nivel de rapidez asombroso, y mis manos dejan de estar agarrotadas.
La vuelta se completa. Microsegundos, mente en blanco, cuerpo alerta.
Y un escalofrío recorre mi espina dorsal cuando clavo mi vista en tus ojos.
Y un "te quiero" se dibuja en mi mente antes de que dos balazos certeros acierten en su blanco.

2 comentarios:

Ámbar dijo...

Victoria, esto es genialísimo. En serio.

Sergio dijo...

Sublime.