lunes, 4 de abril de 2011

Léase a usted.

Mientras miraba la ventana tintada, sonreía. No esperaba a nadie, ni a que ocuerriera nada, simplemente sonreía. Los recuerdos de aquellos últimos días de locos la habían dejado exhausta. Otro sorbo a su café, y, sacudiéndo la mente de millones de pensamientos y recuerdos. volvió a su lectura. Se enderezó las gafas, de montura de concha, el último grito durante los modernos 80. A pesar de ello, siempre prefirió una blusa cómoda, una falda acampanada, y un pañuelo atado al cuello. La gente a veces la miraba mal, simplemente porque era diferente, vestía diferente, hacía cosas diferentes. La extrañeza de los últimos modernos la resbalaba como si de agua se tratase.
De pronto, una sombra se sentó a su lado. Para ella era una sombra, pero el hombre que la acompañaba era tan real como la vida misma. Él era como ella, alternativo, desfasado, con ciertos rasgos de moda italiana en sus pantalones de pinzas, pero sin dudarlo, digno pianista jazzero de la profunda Nueva Orleans de los 50. Le miró con curiosidad. Cuando el hombre, de pronto, apoyó su cuerpo en sus brazos, se aproximó a ella, la contempló durante una décima de segundo, y la habló:
-La gente la mira. Tal vez la estén leyendo. Léase a usted misma, es posible que vea lo que yo veo.
Sonrió. Ella también sonrió. Como si de un juego de palabras de conocidos se tratase, sonrieron, mirándose el uno al otro. Y la gente seguía observando la escena disimuladamente, murmurando, avasallando. "Al final, ese par de locos excéntricos se irán al traste con sus excéntricas vidas".

2 comentarios:

Alba Flores Robla dijo...

-La gente la mira. Tal vez la estén leyendo. Léase a usted misma, es posible que vea lo que yo veo.
Maravilloso.

Sergio dijo...

Léase a usted misma, es posible que vea lo que yo veo.

AY