El otro día tuve un sueño. Un bonito sueño. Saltaba por los tejados de una ciudad bastante parecida a París cuando los mercados de calle eran la orden del día. La luna oscurecía los rincones, y la poca luz que había tenía tonos violetas y verdes fluorescente, como las películas de Tim Burton. No recuerdo demasiado bien qué ocurría, pero sé que me perseguían. Sé que había robado algo. Sé que cuando logré escapar alargué los labios en una sonrisa triunfante. También salías tú, me mirabas desde la calzada, y me sonreías. Recuerdo que bajaba hasta ti. Y ahí se acaba mi recuerdo.
Esos pequeños momentos, en los que duermo y sueño, son los únicos momentos en los que disfruto de verdad. Luego me despierto, y no vomito nada más hacerlo porque mi estómago está total y completamente vacío. Miro la hora, sé que debo vestirme a toda prisa y cojer el dichoso autobús. Pero no puedo. Prefiero quedarme con los ojos abiertos, mirando la profunda oscuridad.
Las horas pasan, yo sigo mirando los cinco rayos de sol que se cuelan a través de las rendijas de la persiana. Vuelvo a mirar la hora, entonces sí que me levanto. Cuando llegue me esperarán un par de disgustos o dos, pero nada comparado a lo que es en sí lo demás.
Entro en mi burbuja de aire. Donde domino mi vida, donde tengo las cosas claras, donde me muevo con desenvoltura. Esa burbuja es mi mejor momento del día. Luego, a eso de las seis y media, salgo de ella. Y vuelvo a ensombrecerme y a desear con gran fervor llegar a mi cama y volver a soñar.
Soy una fantasiosa, lo admito. Me cuesta tomar decisiones, y prefiero dejar que las cosas pasen porque sí. Me siento en la contemplativa, y veo cómo la vida de los demás pasa mientras yo, impávida, observo su fugaz movimiento. Hasta hace unos días, en los que ahora me doy cuenta que estaba en pañales, no vino a mi cabeza el deseo de hacer como ellos, dominar mi vida y levantarme.
Admito mi tozudez, mi vagancia y mi estupidez nata. Admito que vivo en una bohemia nube de humo de tabaco y derrengación absoluta. Admito que debo empezar de nuevo.
Dejé que el tiempo hiciera pasar la tormenta; eso se hará historia. Quiero ser recordada, olvidada, querida, amada. Quiero volver a tomar mis propias riendas, y dejar de una vez por todas la indecisión que lleva atenazándome toda la vida.
Y todo eso empieza en el momento en que ponga punto y final de esta insignificante entrada.
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