Hoy me levanto. Hago las cosas de casa, atenta cual señora Dalloway yendo a por un ramo de flores.
Atareada, de aquí para allá y acullá: recoge, limpia, friega, haz, deshaz, tiende, compra; paseo arriba, oh un café, paseo abajo.
Trabajo, trabajo, trabajo. Ni comer puede una, ¡sacrilegio divino!
Una vocecita. Suave, fuerte, decidida. “En cuanto acabes sabes qué hacer”.
Y dan las ocho, fin del día laboral. Viernes, y encima San Valentín.
Canturreo un poco, preparando la noche. Velas, luz tenue, música, cena. Todo listo.
Pongo una película, entre lágrimas y mocos oigo a Ewan McGregor clamar “Come what may” a una maravillosa Nicole Kidman.
Cojo un libro, lo abro y me pongo a leer. Los cuentos de Andersen inundan mi cabeza de fantasías y tramas mientras trato de quitarme todavía las legañas de la llorera que me ha dado la película.
Y me meto en la cama, algo cansada, y me pongo a reflexionar sobre todo y nada. En estas reflexiones y en pensamientos tipo “ ¿sabrán los conejos caminar a dos patas como el Conejo Blanco de Alicia?” me atrapa Morfeo.
El mejor San Valentín de mi vida.
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