miércoles, 25 de agosto de 2010

Cuanto mayor te haces (y sí, no es que sea el colmo de la vejez) vas tomando conciencia, por así decirlo, de cosas que antes no tenían ningún tipo de importancia. Yo tomé conciencia a los cuatro años de que la gente cerraba y abría los ojos cada pocos segundos. A los siete entendí porqué mi madre se tomaba tantísimo tiempo y papel para hacer unas simples multiplicaciones. A los ocho supe lo que era tener el corazón roto. A los once asumí que era complicado que volviera a ver a ninguno de mis compañeros del colegio. A los trece entendí que ser mala persona no te llevaba a ningún lado, mas que al odio de las personas. A los quince supe que podría volver a tener todo lo que habia considerado perdido. A los dieciséis descubrí lo que era sufrir día tras día por alguien. Esto me hace pensar que vamos a estar aprendiendo nuevas lecciones toda la vida, a base de choques, alegrías, curiosidades y de mil y una formas más.
Ahora, con dieciocho años, he aprendido a que se debe ser uno mismo en todo momento, intentar sonreír, y que no hay que sacar de quicio a tu madre si quieres conseguir algo.

No hay comentarios: