lunes, 9 de mayo de 2011

La caja de acuarelas

Érase una vez una niña muy bonita, de pelo dorado, ojos como el cielo y mejillas sonrosadas a la que llamaban Fiorella por su alegre carácter y su pasión por las flores.

Fiorella, aparte de las flores, tenía una pasión mucho más creativa: pintar.

Cada tarde, cuando el sol empezaba a bajar un poquito, sin llegar aún al horizonte, sacaba su caja de acuarelas, se sentaba en el césped del jardín con su perro Lanitas al lado y pintaba.

Fiorella pintaba de todo: flores, pájaros, ardillitas... pero lo que más le gustaba dibujar era princesas. Con un solo dibujo, contaba una historia sobre princesas, dragones y príncipes encantadores.

Pero ¡ay, pobre Fiorella! Un día, al sacar la caja de acuarelas, se dio cuenta de que se le habían acabado. Con lágrimas inundando sus ojitos, le suplicó a su mamá que bajara al pueblo y le comprara otra caja.

Y su mamá, viendo la tristeza que la embargaba, aceptó, no sin decirla que la acompañara.

Una vez en el pueblo, fueron por todas las tiendas en las que vendían cajas de acuarelas, pero Fiorella, que quería una que fuera especial, no se conformaba con ninguna

Cuando ya se disponían a salir del pueblo, se acercó a ellas una ancianita, quien, con voz trémula, las dijo:

--- Por favor, ¿podrían tener la bondad de alcanzarme una de esas manzanas del árbol? No soy lo suficiente ágil para recoger una.

Fiorella, quien sintió pena por la ancianita, subió con mucha agilidad hacia la primera rama y cogió una manzana, la más roja y tersa que encontró, y tras haberla limpiado, se la dio a la ancianita, Con una sonrisa en su arrugado rostro, la ancianita miró a la niña y sacó de dentro de su cesta una caja. Cuando la niña se dispuso a preguntar, la ancianita habló:

--- Eso es mi caja de acuarelas, pero es una caja mágica…

La niña, maravillada, abrió la caja de acuarelas, observando fascinada todos los colores que poseía y cuando levantó la vista para preguntarle a la ancianita sobre la magia de las acuarelas, la ancianita ya no estaba.

Contenta, la niña volvió a su casa y lo primero que hizo fue coger su cuaderno y su pincel para comenzar a pintar cuanto antes.

Dibujó una ardilla, y como su mamá la llamó, tuvo que levantarse, en un descuido cerrando el cuaderno sin que la pintura se secara.

Cuando al momento volvió, preocupada de que su dibujo se hubiera estropeado, abrió de nuevo el cuaderno, pero cuando fue a ver el dibujo, un asombroso hecho aconteció…

¡El dibujo había desaparecido, dejando en su lugar una auténtica ardillita!

Maravillada, la niña dibujó un pajarito, y cerró de nuevo el cuaderno, para al abrirlo... ¡un pájaro de verdad estuviera allí!

Fiorella quiso arriesgarse un poquito más.

Y dibujó un hermoso paisaje, con una princesa encerrada en una torre y, encima de esta, un magnifico dragón violeta que iba dirigido por un apuesto príncipe.

Pero las cosas no salieron como esperaba, al abrir el cuaderno...

Una espiral de colores surgió de las páginas, absorbiéndola hacia sí, y dejando las acuarelas tiradas allí, donde estaban

Cuando abrió los ojitos, un rato después, se encontró durmiendo en un suelo de piedra, la oscuridad rodeándola.

Fiorella tenía miedo, y se asomó hacia una pequeña ventana que dejaba entrar unos pequeños rayos de luna.

Entonces se dio cuenta que estaba encerrada en una torre, y que ella se había metido en el cuento, suplantando a la princesa que había dibujado.

Cuando miró hacia abajo, vio al dragón púrpura que rugía furioso, y echaba llamas por la boca, intentando quemar a una persona que, parecía, estaba luchando con él.

Fiorella se dio cuenta en seguida que aquel era su príncipe: tenía el mismo porte digno, la misma sonrisa triunfal con la que le había dibujado, los mismos ojos azules y el mismo pelo rojo fuego. Con enorme alegría y asombro, vio como el príncipe, de un golpe, sometía al dragón a su voluntad, y se subía a su lomo para dirigirse hacia la ventana.

Fiorella, paralizada de la sorpresa, vio como el príncipe la tomaba de su mano, y posaba sobre ella un delicado beso. Cuando por fin recuperó la voz, le preguntó quién era.

--- Soy el príncipe Alegor, conde de estas montañas y lord de estos ríos... si vos queréis, bella dama, podríais convertiros en mi princesa.

Con una sonrisa, Fiorella aceptó subirse al dragón, y pasó la noche conversando con el príncipe. Cuando los rayos del alba empezaron a asomarse, el príncipe posó una mano en su rostro, y le dijo:

--- Debéis marcharos por ahora, mi bella Fiorella, pero recordad, siempre que vos queráis, podemos vernos, no tiene más que volver a dibujar lo que desee con las acuarelas, y yo volveré a su lado en el momento que sea necesario"

Y con lágrimas en los ojos de Fiorella y tristeza en los del príncipe Alegor, se fundieron en un beso que empezó a emborronar los bordes de la vista de Fiorella, hasta que de nuevo, oscuridad.

Fiorella despertó de nuevo en su jardín, asombrada y algo triste. El tiempo no había pasado allí. Cerró la caja de acuarelas y antes de entrar, se giró hacia el atardecer rojo, y pronunció las siguientes palabras:

--- Espérame, dulce Alegor, a que llegue el crepúsculo, pues cada día te retrataré, y podremos estar para siempre juntos.

FIN.

1 comentario:

Alba Flores Robla dijo...

AYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY.
Me ha gustado más que la última vez.